El alienado

Por Fanny Esquivel Jiménez.-

El texto “La casa de Asterión” es parte de una colección de cuentos de Jorge Luis Borges que se publican bajo el nombre de El Aleph, en 1949. A esta colección le preceden su Ficciones de 1944 y la colección de ensayos de 1936, titulado Historia de la eternidad. Durante la década de los cincuenta, Borges publicó en su mayoría ensayos; fue hasta los setentas que saldrían sus otras colecciones de cuentos.

En el caso del cuento “La casa de Asterión”, el mito del Minotauro es relatado desde el punto de vista de la criatura, narrando sus reflexiones sobre la vida que lleva y externando sus cuestionamientos acerca del propósito de su existencia, los motivos de su aislamiento y la supuesta redención y liberación de su casa-laberinto. Al final, esta narración en primera persona es súbita y brevemente reemplazada por una narración en tercera persona que reproduce el diálogo entre Teseo y Ariadna, revelando el asombro del héroe por la pasividad del supuesto monstruo al ser asesinado. Los temas del destino y la aceptación del sujeto frente a su rol en el plan cósmico son desarrollados en este cuento a través de la narración en primera persona, la reinterpretación del mito y un ambiente aislado, auto-suficiente.

El cuento puede dividirse en varios momentos clave: la salida nocturna de Asterión, sus distracciones lúdicas en el laberinto, la entrada de los mancebos en la casa de Asterión y su muerte a manos de Teseo. A excepción del último evento, lo demás es narrado en tiempo pretérito en un momento indefinido del pasado que recuenta Asterión. Su muerte es también en tiempo pretérito, pero el evento introduce una visión externa, ajena a los recuerdos de la criatura.

La salida nocturna de Asterión resalta la alienación de la criatura y la diferenciación de él como sujeto frente a la sociedad como entidad, especialmente a través de su figura grotesca y única. También es un momento en el que los eventos, vistos a través de los ojos de Asterión, son justificados e interpretados: su salida furtiva es ocasionada por su propio miedo, no por una consciencia del terror que infunde; la reacción del vulgo es vista como una reacción normal de la gente ignorante y sus atributos, grotescos para ellos, son distintivos reales. A partir de este evento, el lector es consciente de la imagen que Asterión tiene sobre sí mismo y el juego de interpretación que se deriva de la confrontación de distintas versiones del mito canónico del minotauro: la bestia feroz sin personalidad humana y la melancólica criatura humanoide, consciente de su condición alienante y singular. Su visión lo humaniza y lo convierte en un ser que reflexiona sobre cómo lo ven los demás, cómo se ve a sí mismo. No puede cambiar su condición de monstruo mitológico, pero asume una interpretación propia sobre una condición impuesta a partir de los eventos que definen su físico de toro, su vida en el laberinto.

Los juegos del Minotauro, por otro lado, crean una atmósfera de tensión: las descripciones de Asterión, con su tono familiarizado por el hábito de jugarlos y normalizarlos, están llenos de referencias a actos violentos y vehementes, como la similitud que la criatura traza entre la manera en que corre y la embestida de un carnero, las caídas ensangrentadas, el deseo de ser encontrado y el desdoblamiento del yo para reconocer una entidad aparte. Este tono vehemente, ansioso de ser visitado, de exponer la casa y, con ella, sus reflexiones, incrementan la tensión en el ambiente por la expectativa de ver la ruptura de ese sistema interno que el Minotauro ha creado. Su vehemencia es el reflejo de una cotidianeidad que se rige por el simple devenir de días iguales, fijados por una ley que desconoce pero que lo arrastra a seguir en el lugar, antes de “ser rescatado”. En la descripción de su casa laberíntica, conocemos el espacio en el que se mueve y con el que delimita su comprensión del mundo: Asterión descifra su propio destino a partir del universo en el que vive y con el que entiende aquél que por su condición de monstruo le es negado pisar. De esta manera, este fragmento nos revela la soledad del minotauro y, de nuevo, las acciones con las que asume su condición.

La entrada de los mancebos rompe esta descripción de juegos solitarios, ya que con ella se introduce una variable externa al sistema de racionamiento interno del Minotauro. De nueva cuenta, él lo interpreta como un elemento más de lo que se espera de él, más que un hambre voraz o un instinto salvaje. Al morir los mancebos, la criatura sólo los ve como objetos que se convierten en señales de diferenciación para moverse en el laberinto. El cuento da a entender que los mancebos mueren por culpa del laberinto y no por el minotauro. Su miedo es el resultado de su ignorancia sobre lo desconocido, lo que contrasta con el conocimiento del Minotauro y su resignación. Los mancebos, con su ciclo de sacrificio, simbolizan un ciclo de mayor envergadura: el eterno retorno, la repetición de rituales que sirven un objetivo en función de un destino ineludible. Cuando uno de ellos profetiza que llegará un día su redentor, surge la duda: si el Minotauro está narrando, ¿significa que el profeta habló explícitamente de redención o, al hablar de muerte, la criatura la interpretó como redención? La segunda opción parece ser más probable y confirma que Asterión crea, con los elementos que componen su vida y que no puede alterar, una realidad a su conveniencia que le proporcione asilo, consuelo y autonomía.

Por último, la muerte de Asterión es narrada en tercera persona de forma breve y concisa, de manera que contrasta de varias maneras con la narración anterior. La brevedad del diálogo y lo abrupto de esta resolución le dan un mayor peso a la perspectiva íntima del Minotauro y su interpretación, relegando a la figura del héroe mitológico a un segundo plano. El que sea narrado en tercera persona proporciona una segunda perspectiva que desconoce el panorama completo, que no ha alcanzado a comprender su propio universo así como lo hizo Asterión. Teseo desconoce que la acción de matar al Minotauro corresponde a una serie de eventos de mayor escala, decididos por el destino. Como lo desconoce, no asume sus propias limitaciones. Asterión, por otro lado, conoce su condición y al aceptar su muerte y definirla como su propia redención, alcanza una libertad que le proporciona el conocimiento de sí mismo y su soledad.

Este cuento fue interpretado a partir de bloques narrativos clave que reflejan el proceso por el cual Asterión comprende su destino de monstruo enclaustrado, destinado a morir. Esa comprensión lleva a la aceptación de su destino, pero sólo a través de una interpretación propia de los elementos que le rodean, sean internos (como el laberinto) o externos (el vulgo, los mancebos, Teseo). Esta comprensión de sus propias limitaciones lo eleva por encima de los demás personajes, meras sombras que se mueven en el fondo y actúan por mero instinto, sin comprender su propia inserción en un laberinto mucho más grande que el del Minotauro.

Personalmente, el cuento logra revalorar una figura mítica. Esta figura se humaniza y pierde su matiz feroz, para ganar matices trágicos. Este es el gran logro del cuento: desplazar la perspectiva primitiva, ignorante de sus propias restricciones como ser vivo, para adoptar la perspectiva cósmica del que se ve inclinado a repetir el ciclo vida-muerte, pero que puede darle un significado propio a este eterno retorno y elevarse por encima de la mera existencia sin sentido.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. “La casa de Asterión.” El Aleph. Madrid: Alianza Editorial, 2003. Impreso.

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